domingo, 15 de abril de 2012

MUSEO DE ARTE CONTEMPORÁNEO DEL PASEO DE LA CASTELLANA DE MADRID



HISTORIA DEL MUSEO: El proyecto y su realización
El Museo de Escultura al Aire libre de la Castellana, situado bajo el paso elevado que une las calles de Juan Bravo y Eduardo Dato, contiene una excelente colección de escultura abstracta española. La idea de configurar un espacio de estas características partió de los ingenieros José Antonio Fernández Ordóñez y Julio Martínez Calzón, autores del puente, y del artista Eusebio Sempere, quienes intentaron poner en práctica una nueva fórmula, muy novedosa en España, de aproximación al ciudadano de las más modernas tendencias artísticas. 



Este Museo tiene además la particularidad de que constituye un ámbito urbano donde los elementos funcionales -puente, accesos,  pasos de peatones, etc.- forman un todo unitario en el que quedan perfectamente integradas las esculturas que allí se exponen.

La importancia y repercusión que tuvo en su momento el desarrollo de esta iniciativa, no se puede entender sin una valoración del contexto en el cual surgió, ya que el proyecto participaba del espíritu renovador  que se extendió a todos los órdenes de la vida nacional durante la última etapa del franquismo. 



Por otra parte, en su planteamiento como Museo, está en relación con las nuevas corrientes museológicas que aparecen en Europa y América a partir de la Segunda Guerra Mundial, y que dieron lugar a la creación de diversos tipos de espacios expositivos al aire libre. En el campo de la escultura surgen recintos como el Parque Vigeland en Oslo (1747), el Middelheim de Amberes (1950) o el Hishhorn Musseum and Sculpture Garden de Washington (1966). El Museo de la Castellana fue el primero de estas características que se creó en nuestro país, y ha sido un ejemplo a seguir en otras ciudades españolas. Así, en 1973 se fundó el Museo de Escultura al aire libre en Santa Cruz de Tenerife, en las plazas de Barcelona se erigieron numerosas esculturas monumentales con motivo de las Olimpiadas del 92, y, en el mismo Madrid, se desarrollaron otros proyectos semejantes, como el Parque de Juan Carlos I en el Campo de las Naciones (1992) o la Exposición de Escultura al Aire Libre del Centro Cultural Conde Duque.
  • EL PUENTE
A finales de los años 50, el aumento del tráfico en el Paseo de la Castellana causaba problemas de comunicación entre las zonas Este y Oeste de la capital, por aquel entonces en plena expansión. Para enlazar ambos sectores, se planteó la construcción de un paso elevado que uniera las calles de Juan Bravo y Eduardo Dato, considerado como el lugar más idóneo por las características del terreno. En la Gerencia Municipal de Urbanismo se comenzaron los estudios sobre el trazado del puente, contemplándose su construcción en el Plan General de Madrid para el año 1961. En estos informes se incluyó además la ordenación urbana y viaria del sector, que se vería afectado por la obra, constituido fundamentalmente por viviendas unifamiliares. Por este motivo se constituyó una Asociación Mixta de Compensación, integrada por los propietarios de las parcelas y el Ayuntamiento.

La empresa Laing Ibérica S.A. ganó el concurso  público, en noviembre de 1868, con el proyecto redactado por los ingenieros Alberto Corral, José Antonio Fernández y Julio Martínez, en el que se tenía en cuenta los aspectos estéticos en el diseño y construcción del puente, valorando el entorno urbano en el cual iba a estar situado.



Con esta premisa, el paso quedó configurado como una obra de ingeniería modélica. Con 320 m. de longitud, 16 m. de anchura, y una pendiente continua en todo el tablero, su trazado tiene una esbeltez y ligereza extraordinarias. Esta sensación está conseguida por los materiales y los métodos de construcción utilizados. En las vigas que conforman la estructura del puente se utilizó acero Cortén, importado de Alemania, que tiene la propiedad de que al oxidarse su capa superficial cambia de color y sirve de protección, sin necesitar ningún tipo de pintura ni conservación posterior. Sobre estos cajones metálicos, se acoplaron placas de hormigón blanco, que en vez de dar la sensación de pesadez y tristeza que proporciona el encofrado de color gris, produce el efecto de aligerar y alegrar toda la obra. Ambos materiales originan, además un contraste de texturas y colores que en el caso del acero ha variado en el transcurso de los años desde el gris al color rojizo que presenta en la actualidad. La disposición de los apoyos del paso estuvo determinado, al igual que su trazado, por la línea de metro Ventas-Callao, que planteó serios problemas de cimentación. Esta se hizo a mucha profundidad, de forma que el tablero quedó suspendido por recios pilares en hormigón blanco, con fuste y capitel a la manera de columnas, que resultan de una gran esbeltez y serenidad clásica. 



El diseño de las barandillas se encargó a Eusebio Sempere. Están realizadas en hierro y se disponen en módulos, con dos planos paralelos, en los que el motivo en "S" del panel delantero se superpone a las barras rectas del que sirve de fondo. En los tramos centrales y zonas de acceso del puente las "eses" se sustituyen por círculos. En ambos casos, el entrecruzado de líneas se produce, a medida que se desplaza el transeúnte o el automovilista, sensaciones visuales y de movimiento.

Las zonas que quedaban libres bajo el puente estaban destinadas a jardines y a un centro comercial junto al acceso a la calle Serrano. Por esta razón, este tramo tuvo distinto tratamiento en su construcción: se sustituyó el acero Cortén en la estructura por hormigón blanco y se dispusieron cuatro pilas estribos que, a modo de pantalla transparente, delimitaban ambos sectores: la galería de tiendas y el parque.
  • EL MUSEO
No obstante, antes de la inauguración oficial del paso No obstante, antes de la inauguración oficial del paso elevado, en septiembre de 1970, la prensa del momento ya daba noticias de la configuración de un museo de escultura moderna en la zona inferior del mismo. Como ya se ha indicado, la idea, al parecer, surgió de las muchas conversaciones mantenidas entre los ingenieros y el artista Eusebio Sempere, durante el transcurso de la obra. Aunque la propuesta era quizá demasiado novedosa para la época, sin embargo tuvo una buena acogida por parte de las autoridades municipales, sobre todo porque el obstáculo económico que suponía la compra de las esculturas, quedaría resuelto mediante la donación de las mismas por parte de los autores o de sus familiares, gracias a la amistad que les unía a todos ellos con Sempere. Sin esta generosa contribución de los artistas hubiera sido imposible reunir semejante conjunto de obras, muchas de ellas realizadas expresamente para el museo, haciéndose cargo el ayuntamiento de los gastos de los materiales e instalación.

El equipo de ingenieros presentó el proyecto definitivo del Parque-Museo en el verano de 1971, adjudicándose su realización a la empresa PANTANOS Y CANALES S.A. Según Fernández Ordóñez los propósitos del mismo fueron: recuperar un espacio urbano para uso común, convirtiéndolo en zona de paso, descanso y esparcimiento y, como se comentó anteriormente, acercar al público el arte abstracto español, hasta ese momento escasamente conocido.



Aunque el museo se abrió al público parcialmente en 1972, la inauguración oficial no se pudo llevar a efecto debido a la polémica que desencadenó el montaje de La sirena varada de Chillida, especialmente creada para quedar suspendida de los pilares del puente. La historia de los primeros años del museo es en gran parte la de la lucha por llevar a cabo esta instalación. La postura que adoptó el ayuntamiento, durante la etapa de Arias Navarro, fue la rotunda oposición a que esta obra se colgase del puente,  alegando razones de seguridad por el excesivo peso de la misma, sin atender a los informes realizados por los ingenieros responsables, que no tenían ninguna duda sobre la resistencia del paso.

La falta de argumentos técnicos por parte de las autoridades municipales no hizo sino agravar la situación, que llegó a adquirir una  trascendencia política. Como consecuencia de ello, la escultura de Chillida fue retirada en abril de 1973 del Museo y empezó un largo peregrinaje, al que puso fin el alcalde José Luis Álvarez en 1978, tomando la decisión de colgarla definitivamente en su emplazamiento original, tras haberse realizado un profundo estudio de las condiciones técnicas de la obra de ingeniería. La Sirena varada, con sus 6.150 kg. de hormigón, quedó por fin instalada el 2 de septiembre de 1978.

  • LA COLECCIÓN
Los artistas representados en el Museo pertenecen cronológicamente a dos generaciones de la vanguardia española. La primera es la llamada "vanguardia histórica", formada por todos aquellos que, durante los años veinte y treinta, abrieron nuevos caminos frente al arte establecido. Esta representación, pese a la calidad de los autores que la representan, -Alberto, González y Miró-, debe entenderse como como una muestra simbólica de la gran aportación española al arte del siglo XX. Mientras Alberto representa a los artistas que desarrollaron su obra en España, Miró y Julio González pertenecen a la vanguardia española en París. Es evidente que faltan figura capitales como Picasso, Gargallo o Ángel Ferrant. Los organizadores del Museo intentaron conseguir, al menos, La cabeza de Apollinaire de Picasso, pero la delicada salud de su viuda Jacqueline, imposibilitó que se llevara a efecto la donación. El segundo grupo está formado por la generación de los años cincuenta, heredera del espíritu vanguardista anterior a la Guerra Civil. En este caso sí se consiguió reunir una importantes colección de obras, que, como decía la prensa del momento, "haría palidecer de envidia a cualquier museo del mundo". Todos los artistas seleccionados eran figuras reconocidas internacionalmente y representativas de las más variadas tendencias de la abstracción española , desde el informalismo hasta el constructivismo y las corrientes geométricas, aunque para ofrecer un panorama completo faltarían obras de escultores tan significativos como Jorge Oteiza

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