viernes, 15 de junio de 2012

El corazón de Tenochtitlan


Una visita en México DF al Templo Mayor, fabuloso recinto que rescata la memoria de los aztecas

En uno de los pocos tiempos muertos de los que dispongo, decido acercarme a ver de nuevo el Templo Mayor. Hace más de treinta años, debido a un hallazgo casual, se rescató a la diosa Coyolxauhqui y las ofrendas que la rodeaban. Fue un 21 de febrero del año 1978 cuando los trabajadores de la Compañía de la Luz se toparon con un cuerpo extraño en la calle de Guatemala. Calle que hoy no existe y sobre la cual fue surgiendo el basamento del templo que ahora admiro en toda su extensión y plenitud. Las calles Guatemala, Seminario y Argentina se fueron metamorfoseando. De esta última se demolieron edificios de los años treinta y cuarenta del pasado siglo. Debajo de la librería Robredo, por ejemplo, en la esquina de las calles Guatemala y Argentina, se encontraba el lado del Templo Mayor correspondiente a Huitzilopochtli.
Mural de cráneos

Mural de cráneos de piedra en el museo del Templo Mayor, en México DF.- RONALDO SCHEMIDT


Contemplo las fotos de aquel antes y después de las excavaciones y pienso en lo difícil que es conservar la memoria de los hombres. Junto a los primeros restos sacados a la luz se construyó un pequeño y circunstancial Museo Etnográfico que luego daría lugar al actual. En el interior del mismo, como aún hoy podemos ver, está la maqueta del monumental recinto sagrado de México-Tenochtitlan. ¿Qué impresión les debió producir a los descubridores europeos? Por las crónicas, hasta entonces un lugar tan fantástico solo se lo habían imaginado en las lecturas de los libros de caballerías como el Amadís de Gaula. ¿Por qué no lo conservaron? Las mentes de aquellos hombres eran totalmente diferentes a las nuestras y, además, una civilización siempre se ha levantado sobre las otras. Que nos lo digan si no a los europeos, a los españoles. Estratos y más estratos diversos y diferentes han configurado nuestra identidad. ¿A cuál realmente de todos pertenecemos?
Las excavaciones del Templo Mayor de México-Tenochtitlan fueron fundamentales para el desarrollo de la investigación sobre la cultura azteca. La cabeza de serpiente que remata la alfarda norte del templo de Huitzilopochtli se asomó de nuevo, y las pinturas de estuco volvieron a brillar, y las vigas de madera que soportaban los dinteles de las techumbres fueron liberadas, y las escalinatas volvieron a ascenderse, y las ollas policromadas de nuevo fueron tocadas por manos femeninas.
Durante la conquista, muchas esculturas rituales fueron destruidas y reutilizadas para cimentar los edificios coloniales; por ejemplo, unos pies garras de una diosa con el relieve de Tlaltecuhtli en la base se localizó entre los escombros, y tantas y tantas otras piedras de cantería. Uno de los descubrimientos más impresionantes debió de ser el altar de Tzompantli, decorado con cráneos, en el patio norte del Templo Mayor. La representación de la muerte, perfectamente diseñada, como una instalación contemporánea.
Arcas con ofrendas
Me llevan de aquí para allá mostrándome lo que ya conocía, pero también los resultados más recientes de las últimas incursiones. Lo que más me deslumbra es cuando, recorriendo un intrincado camino de puentes hechos con tablones y escaleras improvisadas, descendemos por debajo del nivel de la plaza del Zócalo y de los basamentos de edificios más cercanamente demolidos, como, por ejemplo, el palacio de uno de los conquistadores. Entonces, allí abajo, surgiendo de las entrañas de la tierra, veo varias arcas con ofrendas. Permanecen dispuestas tal cual las dejaron hace siglos. Conchas, caracoles, corales, restos de cocodrilos, peces sierra, caparazones de tortugas, restos de anfibios y varias serpientes, dientes de felinos, garras de pumas, cuernos, pequeñas estatuillas, cuchillos de sacrificios e infinidad de otros utensilios. También me informan de que incluso aún más abajo podrían aparecer las tumbas de algunos monarcas aztecas. Me gustaría tocar con mis manos esas ofrendas, recorrer los filos de obsidiana con las yemas de mis dedos, comprobar si hay veneno en las mandíbulas de víboras de cascabel y ponerme los pectorales de turquesa y los collares de cuentas de piedra verde. A los prisioneros se les colocaba en lo alto de la pirámide-templo y se les rajaba el pecho con un cuchillo de sílex o de obsidiana y se les arrancaba el corazón para ofrecérselo al dios sol mientras aún latía. El cronista Sahagún, que fue contemporáneo de Montaigne, escribió que el sol y el corazón eran elementos simbólicos homogéneos. Los sacrificios le otorgaban al sol la fuerza necesaria para mantenerse en el cielo. "El corazón lo rige todo", constató nuestro compatriota. Arrancar el corazón, para los aztecas, era inmortalizar al donante.
Paseando por entre estos derrelictos del mundo solo se me ocurren pensamientos inútiles. Paul Valéry decía que la superioridad del hombre se debía precisamente a ellos. Séneca le escribe a Lucilio (libros XI-XVIII, epístola 88) que es preferible conocer cosas inútiles a nada. ¡Yo no lo sé! Caminando por entre estos despojos me entra una gran ansiedad por el destino del mundo y el mío propio. Y, como siempre, recurro a mi mejor interlocutor, Montaigne: "no te preocupes del mundo. Tú no lo puedes mejorar ni cambiar. Ocúpate de ti mismo, salva en ti lo que haya que salvar. Mientras los otros destruyen, tú construyes".
» César Antonio Molina, exministro de Cultura, es director de la Casa del Lector.



Guía
Mapa del centro histórico de México DF


Mapa del centro histórico de México   DF

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