miércoles, 5 de junio de 2013

Los asesinos de Víctor Jara

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Para muchos el año ha acabado bien. La noticia de la identificación –oficial- de los asesinos del cantante chileno Víctor Jara es una muy buena nueva. Cierto que han transcurrido cuarenta años desde aquel 1973, pero casi el doble han pasado desde el asesinato de García Lorca y ni tan siquiera se han podido recuperar sus restos, como los de miles y miles de asesinados anónimos en la guerra civil española que duermen el sueño de los justos en las cunetas y valles de esta España nuestra.




La década de los años setenta es bien recordada por la gente de mi generación. Tal vez todo empezó en mayo de 1968 en París, esa ciudad y esa fecha mítica, donde todo intelectual que se precie, ya sea facha refacha, incluso fascista, estuvo allí (o así lo coloca en sus numerosas autobiografías, pues ya se sabe que ellos consideran sus vivencias, verdaderas o inventadas, lo más interesante del mundo) levantando adoquines y soportando cargas de la policía, que las hubo y en abundancia.

Los años setenta son aquellos en los que pudimos ver a Barbra Streisand (quien por cierto, y con mucho acierto, nunca se ha operado su apéndice nasal de judía) y a Robert Redford interpretando magníficos papeles en Tal como éramos, y Federico Fellini dirigió Amarcord.

Fue en la música donde los jóvenes contestatarios echaron el resto. Los años setenta fueron los tiempos de la Nueva Trova Cubana; de la Nova Canço que dio al mundo L’estaca, de Lluis Llac, himno antifranquista; y de la Nueva Canción Chilena, con grupos como Inti-Illimani, Quilapayún (¡aquella cantata de Santa María de Iquique que escuchábamos en un tocadiscos pequeño comprado a plazos en el Círculo de Lectores!) y, especialmente, del cantautor Víctor Jara, y su Te recuerdo Amanda, dedicada a una pareja de obreros, para la que utilizó el nombre de su hija. Fue la década de muchos más acontecimientos, pero quiero detenerme en estos. Ah, también fue, lamentablemente, la década de Julio Iglesias, que sigue, impertérrito, momificado y mal operado, martirizando los oídos de las gentes de buena fe que no llegan con la suficiente presteza a cambiar el dial de la radio, son sólo segundos, pero se hacen eternos. Y he de hacer un inciso local y decir, una vez más, que en Soria disfrutamos de un grupo a quienes siempre que les escucho me recuerdan a aquella época, me refiero a Zafra-Folk. Lo que sucede es que a veces queremos trascender lo local y caemos, en picado, en el catetismo patético.

Para mí (perdón por la referencia personal) fue esa la década más feliz de mi vida, pues en ella nacieron mis tres hijos, y concretamente 1973 fue el año en que vio la luz mi primogénito. Para Víctor Jara, en cambio, fue el año de su muerte, de su asesinato.

El general Pinochet, ese bulldog con mirada asesina que trataba de medio ocultar tras unas gafas de sol, se levantó contra el gobierno constitucional de Salvador Allende, como han hecho a lo largo de los siglos los botazas repugnantes de tantos países. Las armas son las que tienen el poder, y quienes las poseen, poseen también la tierra y la vida de aquellos que tratan de enfrentárseles, de una u otra manera. Contra las armas no existe antídoto, y si existiera no daría tiempo de aplicarlo, las armas matan y eso fue lo que hizo uno de los hijos de puta más grandes que ha dado la historia, matar a miles de chilenos que no pensaban como él y los suyos.

En el Estadio de Chile, que hace ya años lleva el nombre de Víctor Jara, fueron dirigidos, entre otros muchos, los profesores y estudiantes de la Universidad Técnica del Estado, donde Víctor era profesor. Allí le torturaron brutalmente y le dirigieron las balas, cuarenta y cuatro impactaron, con una hubiera sido suficiente, pero descargaron contra él y otros, todo el odio que la gentuza ruin y depravada es capaz de sentir por alguien que se atreve a enfrentarse a ellos. El ampararse, como los argentinos hicieron en su día, en que cumplían órdenes, no les redime ni una pizca de responsabilidad, el número de disparos habla de ello, de que lo hicieron a gusto y con saña.

Hugo Sánchez Marmonti, Pedro Barrientos Núñez, Roberto Souper Onfray, Raúl Jofré González, Edwin Armando Roger Dimter Bianchi “el Príncipe”,  Nelson Hasse Mazzei, Luis Bethke Wulf, Jorge Eduardo Smith Gumucio. Unos dispararon, otros ordenaron, y por encima de todos ellos el perro Pinochet. El juez que ha ordenado el procesamiento es Miguel Vásquez.

El asesinato fue el 16 de septiembre de 1973.
Justicia para Víctor Jara y cárcel para los asesinos, que lo dudo.

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