miércoles, 4 de septiembre de 2013

LIBERTAD NO ES ELEGIR EL COLOR DE TU COCHE

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida. Miguel de Cervantes
Libertad es una palabra que el sueño humano alimenta, que no hay nadie que la explique ni nadie que no la entienda. La isla de las flores (J. Furtado, 1989)

Libertad es una palabra hermosa, fuerte, digna, deseada, utópica. A veces un horizonte al que tender, un sueño por cumplir. Libertad es lo que se pide para las manifestantes detenidas en la última huelga general, para los inmigrantes encerrados por no tener papeles y para tantas personas encarceladas por decir y hacer cosas para que otros puedan ser más libres. Pero, en los tiempos que corren, libertad es también otras cosas a las que algunos aspiran y que reclaman con la misma contundencia: libertad de horarios comerciales, libertad para el movimiento de las mercancías y de los flujos de capitales, libertad para que las empresas puedan elegir donde instalarse, en qué condiciones, el salario que otorgar a las trabajadoras y cuánto va a ganar su presidente.
Esta idea de libertad, hecha a medida de la antipolítica que nos gobierna, da nombre a la época en que vivimos: libre mercado, libre comercio, liberalismo económico. Desde que triunfaron las teorías del Homo economicus y muchos se creyeron eso de que los individuos toman de forma libre y racional sus decisiones de compra, ese concepto se ha vuelto recurrente para los mayores líderes empresariales y los mediocres dirigentes políticos que se alternan en nuestras instituciones.
Libertad de elegir. Así se titula uno de los libros más citados de Milton Friedman, aquel gurú del neoliberalismo que se empeñó en vincular las palabras “capitalismo” y “libertad”. Y es que, en esos términos, la búsqueda de “libertad” es lo que permite que el engranaje capitalista se mantenga en un movimiento perpetuo, transitando el camino hacia ese ideal imposible del crecimiento infinito. Por eso, los anuncios de coches nos invitan a gozar del hecho de ser libres moviéndonos por carreteras vacías y los de bebidas alcohólicas nos impulsan a dejar libre todo aquello que sentimos y que, sin su ayuda, no nos atreveríamos a expresar. Así funciona el libre mercado; nos dice que somos libres para escoger lo que queremos y, efectivamente, lo somos en cierto sentido: si nos plantamos delante del estante de un supermercado donde están los desodorantes, podemos optar entre una variedad asombrosa de marcas, y también tenemos libertad para elegir a qué banco pedir un crédito para comprar una casa.
“No tenemos libertad para decidir qué hacer”, dicen hoy los Gobiernos europeos para imponer los recortes y los planes de ajuste estructural que, a su vez, servirán para otorgar aún más poder al mismo mercado libre que los ha puesto ahí. Y si en la dictadura de los mercados nuestros gobernantes reconocen que su capacidad de maniobra es mínima, ¿podemos nosotros no llevar desodorante?, ¿acaso hay alguien que no aspire a tener una casa en propiedad?
Libertad no es elegir el color de tu coche, leíamos en una pintada que alguien escribió en una calle cercana a la Puerta del Sol de Madrid el 15 de mayo de este año. Y así es, porque, en efecto, la palabra libertad tiene mucho más que ver con juntarse con el vecindario para parar las redadas de la policía contra los inmigrantes, con desobedecer la ley electoral manifestándose durante toda una jornada de reflexión, con pedir la libertad de quienes fueron detenidos por estar en las plazas, con sumarse a la juventud sin miedo y a los yayoflautas, que con escoger entre una variedad de marcas que pertenecen a la misma empresa.
La isla de las flores nos cuenta un caso real en el que, para recoger los restos de comida que se tiran a un basurero, los cerdos tienen prioridad frente a las personas. Y nos explica que lo que coloca a los seres humanos después de los cerdos en la prioridad de elección de alimentos es el hecho de no tener dinero ni dueño. Es decir, que además de por tener un telencéfalo altamente desarrollado y el pulgar oponible, lo que nos diferencia a los humanos de los otros animales es el hecho de ser libres. Aunque, como en este caso, sea eso lo que justifique la explotación, las desigualdades y la injusticia.

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