domingo, 9 de marzo de 2014

PROYECTO: A LA SOMBRA DE CORTÁZAR


APUNTES SOBRE JULIO CORTÁZAR

“HAY QUE SEGUIR BUSCANDO”

“Mi nacimiento fue un producto del turismo y la diplomacia”, confesaría Cortázar en uno de esos episodios repetidos en los que la nostalgia le hacía volver al pasado,al jazz, a la  Argentina, a los gatos o a los paseos nocturnos por las calles de Barcelona.

Y es que en el amanecer de aquel 26 de agosto de 1914 cuando nació Cortázar, las tropas alemanas iniciaron una ofensiva que a la postre iba a suponer la aniquilación del II Ejército Ruso y la posterior ocupación de todo el territorio belga por los nazis. Fue la Batalla de Tannenberg, uno de las más significativos enfrentamientos entre los Imperios Alemán y Ruso que dejaría cerca de 200.000 soldados muertos y la sensación de que  a partir de ahí las guerras del futuro serían especialmente destructivas.

Julio Cortázar nació en Ixelles, un suburbio situado en el sur de la ciudad de Bruselas, capital de Bélgica que en ese momento estaba ocupada por los ejércitos del II Reich.

El pequeño «Cocó», como le llamaba su familia, fue hijo de Julio José Cortázar y María Herminia Descotte. Su padre era funcionario de la embajada de Argentina en Bélgica, y trabajaba en esa representación diplomática como agregado comercial.

Hacia fines de la Primera Guerra Mundial, los Cortázar lograron pasar a Suiza gracias a la condición alemana de la abuela materna de Julio, y de allí, poco tiempo más tarde a Barcelona, donde vivieron un año y medio. A los cuatro años volvieron a Argentina y pasó el resto de su infancia en Banfield, en el sur del Gran Buenos Aires, junto a su madre, una tía y Ofelia, su única hermana (un año menor que él).

Según el propio escritor, su infancia fue brumosa y con un sentido del tiempo y del espacio diferente al de los demás. Fue un niño enfermizo y pasó mucho tiempo en cama, por lo que la lectura fue su gran compañera. Su madre le seleccionaba lo que podía leer, convirtiéndose así en la gran iniciadora de su camino de lector, primero, y de escritor después.

        A los nueve años ya había leído a Julio VerneVíctor Hugo y Allan Poe, padeciendo por ello frecuentes pesadillas durante un tiempo.Leía tanto que su madre primero acudió al director de su colegio y luego a un médico para preguntarles si eran normales las pesadillas del niño, y éstos le recomendaron que su hijo dejara de leer o leyera menos durante cinco o seis meses, para que en cambio saliera a tomar el sol.

Se puede considerar a Cortázar como uno de los autores más innovadores y  originales de la Literatura de su tiempo. Maestro en los relatos cortos, la prosa poética y la novela.

En 1938, bajo el pseudónimo de Julio Denis, publica sus primeros sonetos en un libro que se titulará “Presencia”, y de ahí a “Salvo el crepúsculo” su última obra escrita en 1984 una montaña de maravillosa literatura: 6 novelas, 2 libros de prosas breves, 9 libros de cuentos, 2 obras de teatro, 3 libros de poesía, 12 libros de ensayos y artículos diversos, 7 libros de cartas que abarcan desde 1937 a 1984, otros libros de difícil clasificación como “La Vuelta al día en ochenta mundos”, “Último Round”  o “Los Autonautas de la cosmopista”.

        Cuando en 1963 apareció Rayuela todo el mundo literario se rindió ante un autor que definió su obra como “contranovela” creando incluso un nuevo lenguaje musical, el “gliglico” , que servía  como un juego que comparten los enamorados para aislarse del mundo. “De alguna manera es la experiencia de toda una vida y la tentativa de llevarla a la escritura”, respondió Cortázar cuando le preguntaron por su obra.


Rayuela es, seguro,  muchas cosas. Una novela y un juego al mismo tiempo. Una confesión y un revulsivo. Una búsqueda y muchos hallazgos. Pero quizá, ante todo, Rayuela sea una aproximación honesta tanto al lenguaje como a la vida. Una puesta en duda de todo lo que sirve para hacer llegar un mensaje claro: hay que seguir buscando. Sólo entonces podremos estar seguros de que estamos vivos.
De los innumerables comentarios, artículos, tesis y disertaciones que se han escrito sobre Rayuela y Cortázar, desde el mismo momento de su publicación, hace ahora 51 años, creo que merece la pena   reproducir el que realizó Olga Osorio bajo el título: “Entender, no inteligir”, en la revista de estudios literarios “Espéculo” de la Universidad Complutense de Madrid en el año 2002:
Las primeras palabras de Rayuela encierran ya la clave: “¿Encontraría a la Maga?” Buscándola Horacio Oliveira se pierde por un fabuloso París hecho de recuerdos, de imágenes y escenas que sirven de presentación para una mujer que es a un tiempo torpe y lúcida, capaz de aprehender, desde la inocencia, toda la poesía y la magia de un mundo que ante otros ojos podría parecer repetitivo y absurdo.
Buscando a la Maga o a un extraño “kibbutz del deseo”, comprometiéndose con el intento de descubrir una realidad anclada en lo maravilloso que puede acabar por llevarnos a una desesperada locura, el lector que salta con Horacio Oliveira de París a Buenos Aires o de casilla en casilla de la rayuela, ya no puede ser nunca más ese lector hembra que el Morelli-Cortázar, el viejo escritor de la segunda parte, trataba de destruir con su consciente eliminación de la palabra y la literatura, para tratar de devolverles así todo su ser.
Rayuela…….. es un intento de abrir los ojos a la realidad auténtica, a aquella que existe al margen del mundo creado por la cultura y la historia humanas. La Maga la conoce, sin saberlo. Pero ese conocimiento inconsciente no sirve para Oliveira: sólo el que ha encontrado comprende el valor de lo que ahora posee. Es como en la rayuela. Hay que partir de la tierra para, después de mucha pericia, llegar al cielo y, ya allí, emprender el retorno.
El gran fracaso de Oliveira es que trata de desprenderse de lo intelectual desde la intelectualidad. Pero también ahí se encontraría su éxito en caso de lograrlo. Oliveira quiere regresar al territorio, a la vida, después de destruirla, la vida como obsesión eterna: “La vida, como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí al alcance del salto que no damos”. Y, finalmente, comprenderá que todo hallazgo no hace sino abrir la puerta a un nuevo salto. ¿La renuncia a lo absoluto? Quizá sólo la aceptación de la búsqueda eterna como verdadero centro de lo humano, como ese centro que tanto buscaba Horacio sin saber que ya lo poseía.
El primer contrapunto de Horacio Oliveira es la Maga. Frente a su lucidez revestida de torpeza, los otros protagonistas de esa parte de Rayuela, de ese “lado de allá” -que es así como Cortázar bautiza a la capital francesa- parecen simples caricaturas de unos intelectuales que vagan por el mundo de la palabra, la lógica, la abstracción y la imagen, sin lograr jamás captar un solo instante de lo maravilloso, de eso que la Maga posee, sin saberlo, a raudales.
Pero, como hemos dicho, sólo la posesión de lo maravilloso es gratificante cuando se ha luchado por ella y se ha alcanzado de un modo consciente. Podría decirse que hay dos maneras de ser sabio: desde la inocencia más absoluta o desde la sabiduría total, desde una sabiduría que lo abarque todo y así lo unifique.
Oliveira busca, sin duda, la segunda. Y el mensaje de Cortázar parece ser que el hallazgo podría hallarse a partir de la conjunción de ambas actitudes: ya que la sabiduría completa es imposible, ya que la inocencia absoluta es un sueño remoto, podrían conciliarse para así conseguir lo que de otro modo sería inalcanzable.
A Cortázar le preguntaron muchas veces por Rayuela y, unas veces sorprendido, y otras apasionado, cada vez daba una respuesta  que siempre estaba en función de quien le preguntaba, o del auditorio que escuchaba, o del estado de ánimo que tenía en aquel momento. Tras leer muchas respuestas, siempre lúcidas, y dado los tiempos que corren, (de los que podríamos hablar luego si les parece), me ha parecido conveniente seleccionar la que sigue, que viene a corroborar lo que siempre pensé a propósito de la atemporalidad universal de esta novela.
Dice Cortázar: “….. pero había una generación que empezaba a mirar a sus padres y a decirles: “Ustedes no tienen razón. Ustedes no nos están dando lo que pretendemos. Ustedes están dando en herencia un mundo que nosotros no aceptamos. Entonces Rayuela lo único que tenía era un repertorio de preguntas, de cuestiones, de angustias, que los jóvenes sentían de una manera informe porque no estaban intelectualmente equipados para escribirlas o para pensarlas y se encontraban con un libro que las contenía. Tenía todo ese mundo de insatisfacción, de búsqueda del “kibbutz del deseo”, para usar la metáfora de Oliveira. Eso explica que el libro resultó un libro importante para los jóvenes y no para los viejos”.

Y así seguimos aquí y ahora, porque aquellos jóvenes de entonces ya somos los viejos de hoy y aún seguimos encontrando en Rayuela las preguntas que necesitamos para meternos de lleno en ese kibutz del deseo al que todos aspirábamos y seguimos aspirando todavía  hoy.
No sé si quienes ahora escuchan mis palabras han tenido la oportunidad, las ganas, o el tiempo necesario para leer Rayuela. Mi primera vez, como la de tantos otrosjóvenes que tuvimos la suerte de poder estudiar en la Universidad, en aquellos convulsos tiempos de pasión y revolución, sucedió como respuesta a un desamor universitario, en 1976. Aún lo recuerdo. La Maga (Mara), me regaló un ejemplar de la Editorial Sudamericana (que aún hoy sigue secuestrado en algún recóndito anaquel de la Comunidad Valenciana, o quizás no), que leí, subrayé, comenté y anoté, pensando que aquella Maga me ataría a la tierra y que, como decía Cortázar a propósito de los móviles de Horacio Oliveira (alter ego de Cortázar en la obra, con el que yo me sentía irremediablemente identificado), tenía:…“una visión que podríamos llamar maravillosa de la realidad. Maravillosa en el sentido de que él cree (yo también lo creía) que la realidad cotidiana enmascara una segunda realidad que no es ni misteriosa, ni trascendente, ni teológica, sino que es profundamente humana, pero que por una serie de equivocaciones ha quedado como enmascarada detrás de una realidad prefabricada con muchos años de cultura, una cultura en la que hay maravillas pero también profundas aberraciones, profundas tergiversaciones. Para el personaje de Rayuela habría que proceder por bruscas interrupciones en una realidad más auténtica”.
Y a eso nos dedicábamos en aquellos años en los que la realidad del franquismo nos hacía buscar una realidad más auténtica. O sea, como ahora. Y quizás esa también sea, independientemente de los hallazgos en cuanto a la utilización del lenguaje que descubre Cortázar,  la  vigencia permanente  de Rayuela.
Y es que la búsqueda de esa “realidad auténtica”, como ocurre con la belleza,el amor, la esperanza, la felicidad, la justicia,  la risa, sigue siendo una de esas motivaciones atemporales que cruzan los tiempos desde la cueva de Altamira a Picasso, desde Homero a Cortázar, de los presocráticos griegos a Leopoldo Panero, que ha dejado de existir físicamente en este año 2014 aunque ya llevase “muerto” muchos años. Buen título para un ensayo: Del nacimiento de Cortázar a la muerte de Leopoldo Panero. Historia de la Literatura. Quizás para otra ocasión.
Rayuela es pues muchas cosas, y entre ellas, y por lo que me toca, una no menor como el jazz. Está el jazz, la ginebra y un poco de blues con vodka. Cortázar mantenía una relación especial con el jazz. Basta echarle un vistazo a un revelador artículo titulado: “Elogio del jazz: carta enguantada a Daniel Devoto”, para darse cuenta del inmenso conocimiento que Cortázar poseía, también, de esta música.
La música en general, y el jazz en particular está presente en gran parte de las obra de Cortázar. “El perseguidor”, por ejemplo, no se entiende sin el descubrimiento que Cortázar hizo del saxofonista Charlie Parker.  “….. Nunca conocí  a un músico como Charlie Parker. Tal vez no siente nada; tal vez está perdido en su improvisación- Quizás da de sí en una forma donde se transforma su propio ser en música”.
En “El libro de Manuel” Cortázar afirma. “ Yo ya no tengo tiempo ni me importan las modas, mezclo Jelly Roll Morton con Gardel y Stockhausen, loado sea el Cordero”.
En el capítulo 17 de Rayuela,  Cortázar escribe:…. El jazz es como un pájaro que migra o emigra o inmigra o transmigra, saltabarreras, burlaaduanas, algo que corre y se difunde y ésta noche en Viena está cantando Ella Fitzgerald mientras en París Kenny Clarque inaugura una cave y en Perpignan brincan los dedos de Oscar Peterson, y Satchmo por todas partes con el don de la ubicuidad que le ha prestado el Señor, en Birmingham, en Varsovia, en Milán, en Buenos Aires, en Ginebra, en el mundo entero, es inevitable, es la lluvia y el pan y la sal, algo absolutamente indiferente a los ritos nacionales, a las tradiciones inviolables, al idioma y al folclore: una nube sin fronteras, un espía del aire y del agua, una forma arquetípica, algo de antes, de abajo, que reconcilia mexicanos con noruegos y rusos y españoles, los reincorpora al oscuro fuego central olvidado, torpe y mal, y precariamente los devuelve a un origen traicionado, les señala que quizá había otros caminos y que el que tomaron no era el único y no era el mejor, o que quizá había otros caminos  y que el que tomaron era el mejor, pero que quizá había otros caminos dulces de caminar y que no los tomaron, o los tomaron a medias, y que un hombre es siempre más que un hombre y siempre menos que un hombre, más que un hombre porque encierra eso que el jazz alude y soslaya y hasta anticipa, y menos que un hombre porque de esa libertad ha hecho un juego estético o moral, un tablero de ajedrez donde se reserva ser el alfil o el caballo, una definición de libertad que se enseña en las escuelas, precisamente en las escuelas donde jamás se ha enseñado y jamás se enseñará a los niños el primer compás de un ragtime y la primera frase de un blues”…
No quisiera extenderme más de lo que debo en mi pasión por el jazz, así que centraré  un poco ésta exposición y hablaré sólo ( y no es poco) del jazz en Rayuela.
La mayor parte de la información que aporto está sacada de las jornadas que la Fundación Juan March organizó en Madrid el año pasado (2013) bajo el título de: El jazz de Julio Cortázar. En los 50 años de Rayuela.
Hay un capítulo especialmente interesante en cuanto al “ambiente musical” en el que se movía Cortázar en aquellas estancias del París bohemio donde le recibían sus amigos del Club de la Serpiente. Quizás no les importe que también aquí nosotros escuchemos alguno de aquellos cortes de los viejos vinilos que chirriaban cuando sentían la púa caer sobre los surcos:
Quizás no les importe que escuchemos ahora y aquí alguno de los temas que impregnan de música la novela, y los vayamos entreverando con pasajes y paisajes y personajes de aquel París bohemio que recorría Cortázar.
 Envuelto en humo Ronald largaba disco tras disco casi sin molestarse en averiguar las preferencias ajenas, y de cuando en cuando Babs se levantaba del suelo y se ponía también a hurgar en las pilas de viejos discos de 78 rpm, elegía cinco o seis y los dejaba sobre la mesa al alcance de Ronald que se echaba hacia adelante y acariciaba a Babs que se retorcía riendo y se sentaba en sus rodillas, apenas un momento porque Ronald quería estar tranquilo para escuchar Don’tplay me cheap.
Música y metafísica. Emoción y razón. Sexo y camaradería, gin contra mala suerte, el jazz.

         Pero después venía una guitarra incisiva que parecía anunciar el paso a otra cosa, y de pronto (Ronald los había prevenido alzando el dedo) una corneta se desgajó del resto y dejó caer las dos primeras notas del tema, apoyándose en ellas como en un trampolín. Bix dio el salto en pleno corazón, el claro dibujo seinscribió en el silencio con un lujo de zarpazo. Dos muertos se batían fraternalmente, ovillándose y desentendiéndose. Bix y Eddie Lang (que se llamaba Salvatore Massaro) jugaban con la pelota I’mcoming, Virginia, y dónde estaría enterrado Bix, pensó Oliveira, y dónde Eddie Lang, a cuántas millas una de otra sus dos nadas que en una noche futura de París se batían guitarra contra corneta, (y de nuevo) gin contra mala suerte, el jazz.


     También hay blues en Rayuela. Blues de Big Bill Broonzy, que a partir de 1951, tratando de recuperar las viejas canciones rurales de su juventud, había dado numerosos conciertos por toda Francia.

      Cortázar no debió ser ajeno a esta presencia (un negro con camisa blanca, corbata y traje a medida que tocaba una guitarra como la de Chuck Berry). Big Bill Broonzy  no pasaría desapercibido para un melómano como él.

     La voz llegaba de tan lejos que parecía una prolongación de las imágenes, una glosa de letrado ceremonioso. Por encima o por debajo Big Bill Broonzy empezó a salmodiar See, see, rider, como siempre todo convergía desde dimensiones inconciliables, un grotesco collage que había que ajustar con vodka y categorías kantianas, esos tranquilizantes contra cualquier coagulación demasiado brusca de la realidad. O, como casi siempre, cerrar los ojos y volverse atrás, al mundo algodonoso de cualquier otra noche escogida atentamente de entre la baraja abierta. See, see, rider, cantaba Big Bill, otro muerto, seewhatyouhave done.

A Cortázar le gustaba también el boxeo. Un trabajo que salvó  a muchos de la cárcel y sacó a otros tantos de las catacumbas de la sociedad a las que estaban irremediablemente condenados muchos perdedores en el periodo de entreguerras.
Cuando descubrió a Champion Jack, que se había criado en el mismo orfanato de Nueva Orléans que Louis Armstrong, no pudo resistirse a la tentación de introducirlo en su obra. Un boxeador metido a pianista, guitarrista y cantante de blues es demasiado como para dejarlo perder entre las montañas de discos de pizarra y vinilos de algún coleccionista de rarezas musicales.
Encontrar una barricada, cualquier cosa, Beny Carter, las tijeras de uñas, el verbo gond, otro vaso, un empalamiento ceremonial exquisitamente conducido por un verdugo atento a los menores detalles, o Champion Jack Dupree perdido en los blues, mejor barricado que él porque (y la púa hacía un ruido horrible) Saygoodbye, goodbyeto whiskey [...].
Y las mujeres. Cortázar y las mujeres del jazz. Como Bessie Smith, la cantante de la primera era de las grabaciones en discos de 78 rpm. El paradigma de la cantante de jazz-blues de la década de 1920.
     La voz de Bessie se adelgazaba hacia el fin del disco, ahora Ronald daría vuelta a la placa de bakelita (si era bakelita) y de ese pedazo de materia gastada renacería una vez más EmptyBed Blues, una noche de los años veinte en algún rincón de los EstadosUnidos. Ronald había cerrado los ojos, las manos apoyadas en las rodillas marcaban apenas el ritmo. También Wong y Etienne habían cerrado los ojos, la pieza estaba casi a oscuras y se oía chirriar la púa en el viejo disco, a Oliveira le costaba creer que todo eso estuviera sucediendo. ¿Por qué allí, por qué el Club, esas ceremonias estúpidas, por qué era así ese blues cuando lo cantaba Bessie? «Los intercesores», pensó otra vez, hamacándose con Babs que estaba completamente borracha y lloraba en silencio escuchando a Bessie, estremeciéndose a compás o contratiempo, sollozando para adentro para no alejarse por nada de los blues de la cama vacía, la mañana siguiente, los zapatos en los charcos, el alquiler sin pagar, el miedo a la vejez, imagen cenicienta del amanecer en el espejo a los pies de la cama, los blues, el cafard(cucaracha)infinito de la vida.

¿Cuándo te interesaste por primera vez por el jazz?, le preguntan a Cortázar en una entrevista aparecida en la revista “Último Round” que la editorial Debate publicó en Barcelona en 1992. Y Cortázar responde:
Es difícil decir exactamente, pero descubrí la música en Buenos Aires a la edad de diez años, más o menos, en 1924. En esa época asistí al nacimiento de la radio, pero no tenía discos. Primero porque no había discos de jazz en aquel entonces y luego porque no teníamos dinero para comprarlos. Además, mi madre habría comprado los discos y ella y el jazz no se conocían, vinieron de mundos opuestos. Así que el jazz era un misterio para mí porque en la radio se solía escuchar tangos, ópera, música clásica y popular, tal vez una rumba o un vals vienés. Luego, un día, un niño de diez años escuchó por primera vez algo que se llamaba un «fox-trot» con un ritmo, una melodía y palabras. Yo no podía entender las palabras, pero alguien cantaba en inglés y era algo mágico para mí. Tendría catorce años cuando oí a Jelly Roll Morton y luego a Red Nichols. Pero al oír a Louis Armstrong, noté la diferencia. Armstrong, Jelly Roll Morton y DukeEllington llegaron a ser mis predilectos.
En fin, otra cara del prisma  Cortázar. Un melómano empedernido que llevó también la buena música a su literatura para enriquecerla más, si es que ello fuera posible.
 Rayuela es también, la relación de Cortázar con las mujeres. No es posible entender la novela sin adentrarse en el universo de la Maga. Y resulta que la Maga existe. Y además, aún  vive. Ya no es la Rue de Seine, ni el Pontdes Arts, sino el barrio londinense de St. John´s Wood, cerca del zoológico de Londres donde habita  Edith Aron. Una encantadora señora de 82 años que recorre, en el más completo anonimato, las calles que circundan la Abbey Road que hicieron famosa los Beatles.
Edith Aaron, de familia judía, había emigrado a la Argentina con sus padres poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Y cuando en 1950, con 23 años volvía en barco a Europa, conoció a Cortázar.
"Yo estaba en tercera clase,(recuerda) no pasaba nada demasiado interesante y, de pronto, vi a un muchacho tocar tangos en el piano. Una chica italiana con la que compartía la cabina me dijo que me miraba y que como era tan lindo, por qué no iba a invitarlo a nuestra mesa. Pero estábamos sentadas con gente muy rara, el mozo era muy viejo y no me animé."
Una serie de “casualidades” (¡¡¡¡Ay Maga-Ana!!!, las casualidades, las coincidencias  y el surrealismo) les volvieron a juntar en una librería de París , en un cinepara cinéfilos del blanco y negro, disfrutando de Juana de Arco, o  en los Jardines de Luxemburgo. Edith tenía 23 años, Julio 32.
Ella dice hoy que  no es la Maga, que es ella misma. Lástima que otras circunstancias y otras casualidades la apartaran de Cortázar y le hicieran renegar de una amistad que sirvió de pretexto para una relación que se convertiría, casi inmediatamente, en una de las historias más  fascinantes, cautivadoras y mágicas  de toda la Literatura Universal.
 "Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico."
        En fin, este “discurso” se está haciendo demasiado largo y puede que no contribuya, como sería mi deseo a que Uds, se apasionen por la obra de Julio Cortázar, así que voy a ir terminando ya. Espero darles un último argumento para seguir leyendo, o releyendo, Rayuela. Y  para seguir leyendo, o releyendoa Cortázar. En “Viaje alrededor de una mesa”, que la Editorial Rayuela  publicó en Buenos Aires en 1970, Cortázar habla del “hombre nuevo” y me parece un buen colofón para terminar  esta introducción y pasar al debate de lo que Uds. quieran.
        Dice Cortázar: “hay que ir mucho más lejos todavía en las búsquedas, en las experiencias, en las aventuras, en los combates con el lenguaje y las estructuras  narrativas. Porque nuestro lenguaje revolucionario, tanto el de los discursos y la prensa como el de la literatura, está todavía lleno de cadáveres podridos de un orden social caduco. Seguimos hablando de hoy y de mañana con la lengua de ayer.
       Hay que crear la lengua de la revolución, hay que batallar contra las formas lingüísticas y estéticas que impiden a las nuevas generaciones captar en toda su fuerza y su belleza esa tentativa global para crear una América Latina enteramente nueva desde las raíces hasta la última hoja. En alguna parte he dicho que todavía nos faltan los Che Guevara de la literatura. Sí, hay que crear cuatro, cinco, diez Vietnam en la ciudadela de la inteligencia. Hay que ser desmesuradamente revolucionario en la creación, y quizá pagar el precio de esa desmesura. Sé que vale la pena”.
       Desde ésta perspectiva a la que nos incita Cortázar, las personas que componemos el Grupo Arttefacto queremos, a través de una parte de nuestras obras, recorrer ese camino incierto,  y avanzar sobre los “cadáveres podridos”, hasta encontrar la esencia de la belleza que se esconde en las pequeñas cosas cotidianas.En el  reflejo de una puesta de sol en algún lagón tropical, en la risa de todas y cada una de nuestras “magas”, en las sábanas blancas de los amaneceres impregnados de salitre, que son los kibutz del deseo cortarzianos, en las nubes que sirven de telón para los sueños, en el punto y la línea sobre cualquier plano, en las divagaciones desinteresadas sobre el sexo versus amistad, en los grutescos de la Domus Aurea y en los bufones de Velázquez, en las imágenes distorsionadas de los espejos convexos de los pintores flamencos y en Picasso, en el blues de los años 30 del siglo XX  o en el jazz del período de entreguerras.
Porque sólo aquellos que estén dispuestos a desplazarse, a desaforarse, a descentrarse, para descubrirse, lograrán llegar al final del camino y terminarán por comprender.
Muchas gracias.
Guadalajara 10 de marzo de 2014

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