domingo, 22 de junio de 2014

Las cuatro estaciones, de Pascual Pérez Royo

Pascual es un compañero en la aventura de la alfarería, pero sobretodo es un amigo y una persona de esas que todo el mundo debería tener cerca en su vida. Con suavidad, sin estridencias y con una fuerza que te recubre y te da ánimos, nos esforzamos por modelar al arcilla que ponen en nuestras manos, con mejor o menos resultado, pero contando con el aliento y el apoyo de un gran compañero.

Esta vez, además, nos ofrece una muestra de su capacidad de plasmar en letra esa forma sensible de ser. Por ello, me complace compartir con tod@s vosotr@s su poema dedicado a las Cuatro estaciones, al que acompaño con fotografías de la elaboración de una pieza de cerámica por Pascual.

Espero que os guste.

Las cuatro estaciones, de Pascual Pérez Royo 
  
 Invierno
Hielo en el corazón, nieve del sueño
llega hasta el alma, cuaja y la congela.
De la pobre esperanza se ha hecho dueño
y señor quien con blancas alas vuela.
Todo aguarda dormido y a la espera
de que torne por fin el dulce aliento
capaz de dar la vida, primavera
que ya no insuflará mi movimiento.
La fría claridad lo inunda todo
con una deslumbrante inteligencia:
fosa, temblor, verdad: gélido lodo.
Me entrego a ti por fin pleno de ciencia,
ya sobrio del engaño del beodo
que soñando pagó su inexperiencia.




Primavera
Derramada, jovial y algo irritante, 
despliega su galante manto verde 
sobre el cuerpo irisado y bienandante 
que mil flores vistió y al frío muerde
con pétalos de luz, cálidos dientes.
Mas no vence tu sol mi invierno triste:
Un páramo tenaz, brumas dolientes
resisten bajo el tul que entretejiste.
Un témpano de hielo envejecido
aguarda a que te tu brisa acariciante
descubra algún color en este nido:
Tan gélido cubil, fanal de olvido
donde habita un polluelo agonizante:
Mortaja de plumón, Ícaro herido.


 Verano

Deslíe sobre el mundo el sol su ritmo
a golpe de martillo, y se marchita
 la fresca floración que al campo quita
 con el seco rigor de un algoritmo.
Madura mies convoca la cosecha,
pues busca ya el calor frutos fecundos.
 La vid engrana triunfos por segundos,
 la sangre agita el vaso que la estrecha.
 Agosto pide paso con su fuego
  que trae viento sureño sobre el mar,
e ingrata brisa no responde al ruego.
Mas ya en la noche roza otro orear
que invita a naufragar en dulce juego,
pues, lánguido, el otoño no ama holgar.  



Otoño

                   Vine a buscar tu pátina amarilla;
No me hallaste, yo te encontré, señor
de todo el tedio y aun de la rencilla
contra el ebrio pasar del vividor.
En tus confusas hojas a olvidar
aspiro, pues no me alcanza alegría,
ni el calor de la vida, hasta dar
con el espejo de melancolía.
Tú conduces los sueños al olvido,
tú los dispersas, sombrío y decadente,
hacia el encuentro con el sol perdido.
                   Disuélvese el amor bajo tu frente
coronada de hastío y de descuido
y hasta el sentir se torna indiferente.



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