lunes, 5 de marzo de 2018

¿Quién teme a la creación artística?

La censura y la represión no entienden de colores ni banderas. La practican unos y otros a caballo de la revolución conservadora

No solo sucedió en ARCO.
No sólo sucedió con la música de Valtonyc.

También sucedió hace justo un año en Barcelona con la retirada de una  instalación artística de unos estudiantes de bellas artes que incluía carritos de la compra, bajo las amenazas y coacciones del procesismo más hiperventilado.

También sucedió en el MACBA con la exposición ‘La Béstia i el Sobirà’, cuando se quiso retirar una escultura que mostraba al rey sodomizado y se terminó purgando a dos de los comisarios del museo.

También sucedió en Instagram cuando retiraron la imagen de una chica con una mancha de menstruación.

La censura de la obra “Presos Políticos en la España Contemporánea” de Santiago Sierra es solo una capítulo más de la ola de puritanismo y censura que se extiende por el mundo.  La revolución conservadora acumula décadas atesorando una capacidad de mutación y adaptación que le ha permitido  penetrar en lo más hondo de la digitalización. Y capacidad de penetración envidiable: la padecemos en España. También en Cataluña. Nadie ha quedado a salvo. Casi nadie.

Porque mientras algunos se apresuraron a criticar la deleznable censura de la obra de Santiago Sierra, estos mismos alentaban en Barcelona la retirada de una instalación artística en el Fossar de las Moreras de Barcelona, apuntando con toda su ira contra la alcadesa de Barcelona Ada Colau.

Porque mientras algunos y algunas critican, no sin razón, la barbaridad de la condena al rapero Valtonyc de tres años y seis meses de prisión por una canción, en el 2015 estos mismos callaban o aplaudían -ya les iba bien acallar voces críticas- cuando se intentó censurar la exposición ‘La Bestia i el sobirà’.

La censura y la represión no entienden de colores ni banderas. La practican unos y otros a caballo de la revolución conservadora en la que se han acomodado la derecha española y catalana como su propia tabla de salvación. Y también ese socialismo español se ha convertido en una fuerza reaccionaria a imagen y semejanza de sus hermanos europeos.

El gran conflicto español no es el catalán. El problema español son una élites amenazadas que ven cómo se derrumban los engranajes de poder que hemos conocido los últimos cuarenta años y que se han apresurada a agitar las banderas y las pasiones más primarias para perpetuarse. Lo que vivimos hoy es en buena parte una reacción defensiva al 15M y, sobre todo, a la revolución municipalista de mayo del 2015 que hizo y aún hace temblar a más de uno. Frente a la amenaza de perder sus posiciones de poder, los que se sienten amenazados, aquí en Barcelona, pero también en Madrid, y en Sevilla, han agitado las banderas, dando rienda suelta a la represión de las libertades más básicas. Entre ellas, la de expresión.

EL GRAN CONFLICTO ESPAÑOL NO ES EL CATALÁN. EL PROBLEMA ESPAÑOL SON UNA ÉLITES AMENAZADAS QUE VEN CÓMO SE DERRUMBAN LOS ENGRANAJES DE PODER QUE HEMOS CONOCIDO LOS ÚLTIMOS CUARENTA AÑOS 

La semana pasada fue un momento culminante en la regresión democrática que estamos viviendo en España. Tomemos buena nota de lo que pasó en Arco, de la pena de prisión que tiene que afrontar Valtonyc, del secuestro del libro Fariña. Lo escribía Raphael Minder después de estos hechos en el New York Times, en un artículo que debería avergonzar al ministro de justicia, Rafael Catalá, “ya sea por ley o debido a la intimidación, España se ha convertido en un país donde los riesgos de la libertad de expresión se han acumulado en años recientes”.

Frente a esta revolución consevadora que dura ya varias décadas, nos queda la resistencia en las pequeñas islas contrarevolucionarias que construimos cada una de nosotras. Entre estas, ciudades como Barcelona y Madrid, donde las alcaldesas Manuela Carmena o Ada Colau han dicho basta a la barbarie censora. Una, ausentándose de la inauguración de Arco. La otra, negándose a rendir pleitesía al Rey en un besamanos, ceremonia impropia de un país que dice querer conquistar la modernidad.

Explicaba esta semana Pere Llobera, el único artista que descolgó sus cuadros de ARCO tras la censura a Sierra, que esta regresión nos interpela a todos.  Llobera, que se retiró de la feria sin necesidad de luz y taquígrafos, afirmaba que “el artista no debe defenderse de los ataques de intolerancia. Es el ciudadano quien debe defenderse. El artista, en tanto que ciudadano con voz y plataforma para esa voz, es quien puede ser escuchado. Pero no es su atribución específica como artista”.

Estamos, pues, en una encrucijada. Lo viejo no desaparece, sigue dando muestras de su fuerza pero también muestra signos de debilidad. Los engranajes de poder del Estado español están oxidados pero siguen implacables. Las elites catalanas se están reinventando bajo el halo de una república que nunca existió,  negociando alejadas de los focos el control de los medios públicos de comunicación. La mutación del viejo régimen está ahí. Produciéndose ante nosotros mientras seguimos distraídos con las proclamas de unos y otros.

Pero a la vez han surgido como poderoso contrapeso a esa revolución conservadora unas islas-ciudad que siguen mostrando, pese a tenerlo todo en contra, que es posible hacer política de otra manera, construyendo faros de libertad a escala local. Depende nosotros decir basta a los ataques de intolerancia. Depende de nosotros seguir armando pequeñas islas contrarrevolucionarias en las que nadie tema a la creación artística Utilizando los términos de Marina Garcés, construyamos juntos una nueva Ilustración Radical.

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Autora: Mar Jiménez

Me licencié en economía y periodismo. A ratos lo practiqué. Lo realmente importante es que habito una de las pequeñas islas contrarrevolucionarias del planeta tierra, el Raval de Barcelona.  Allí sigo remando entre muchas para no naufragar frente al oleaje de la revolución conservadora.   


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